Se dice mucho que «Dalt Vila es Patrimonio de la Humanidad», y se queda corto. Lo que la UNESCO inscribió en 1999 se llama «Ibiza, biodiversidad y cultura», es un bien mixto —cultural y natural a la vez— y son cuatro elementos, no uno.

Los cuatro

Dalt Vila. El recinto amurallado que corona la ciudad. Las murallas que se ven hoy son renacentistas: se levantaron por encargo de Felipe II para sustituir las medievales, y su traza influyó después en fortificaciones del Nuevo Mundo.

La necrópolis de Puig des Molins. Más de cinco mil tumbas en la ladera, que permiten seguir los rituales funerarios de época púnica, romana e islámica. Es de los conjuntos funerarios mejor conservados del Mediterráneo occidental.

El poblado fenicio de sa Caleta. En una pequeña península al sur, el asentamiento urbano más antiguo de la isla y un testimonio excepcional de cómo vivían las colonias fenicias en el Mediterráneo occidental.

Las praderas de posidonia. Aquí está lo que casi nadie menciona: buena parte del valor reconocido está bajo el agua. Posidonia oceanica es una planta endémica del Mediterráneo, no un alga, y sus praderas cubren los fondos entre Ibiza y Formentera. Su estado de conservación fue determinante en la declaración.

Por qué importa esa cuarta pata

Porque explica el agua. La transparencia que se le atribuye a estas islas no es casualidad ni suerte: la posidonia fija el sedimento, oxigena y da refugio a una parte enorme de la vida marina. Las praderas más densas están en el ámbito protegido de ses Salines, entre las dos islas.

Es también la parte más frágil del conjunto: una muralla del siglo XVI aguanta lo que le echen; una pradera submarina, no.

Cómo verlo

Dalt Vila se recorre andando, y se agradece hacerlo a primera hora o al final de la tarde. La necrópolis y sa Caleta son visitas aparte y más tranquilas. De la posidonia se ve el efecto más que la planta: cuando el agua es transparente hasta el fondo, está mirándola.