Hay pueblos en Menorca que nacieron del mar, y otros que nacieron de un plano. Es Castell pertenece a los segundos: lo trazaron los británicos en 1771 con escuadra y cartabón, calles rectas en torno a una gran plaza de armas, pensado para alojar soldados y vigilar la bocana del puerto de Maó. Esa lógica militar, dos siglos y medio después, ha decantado en algo inesperadamente apacible: un pueblo ordenado, de fachadas de colores y ventanas de guillotina, asomado a uno de los rincones más fotogénicos de la isla.
Está en la costa este, pegado a Maó, justo donde la tierra se acaba y empieza el Mediterráneo abierto. Por eso se le atribuye un título curioso: al ser el municipio más oriental de España, presume de ser el primer lugar del país donde sale el sol. Es una afirmación popular y muy repetida —matizable según la estación—, pero resume bien el espíritu del lugar: aquí se vive de cara al amanecer y al agua.
Esta es una guía con calma de Es Castell y de Cales Fonts, su puerto pequeño y luminoso: de dónde viene su aire inglés, qué ver sin prisa y por qué conviene quedarse hasta que cae el sol.
Lo esencial
- Dónde: costa este de Menorca, junto a la bocana del puerto de Maó; municipio más oriental de España.
- Su origen: fundado por los británicos en 1771 como “Georgetown”, en honor a Jorge III, con trazado ortogonal en torno a la plaza de armas (s’Esplanada).
- El reclamo: Cales Fonts, un puerto de pescadores donde las antiguas cuevas-almacén excavadas en la roca son hoy restaurantes y terrazas.
- Para ver: Fort Marlborough, el Castillo de San Felipe, el Museu Militar de Menorca y la arquitectura georgiana del casco.
- Carácter: pueblo de unos 7.300-7.500 habitantes, sereno, colorido y muy ligado a la historia militar de la isla.
- Cuándo: todo el año; el atardecer en Cales Fonts es el momento estrella.
¿Por qué un pueblo con aire inglés en Menorca?
Para entender Es Castell hay que recordar que Menorca cambió de manos varias veces en el siglo XVIII, y que los británicos la ocuparon en distintas etapas. En 1771, durante una de ellas, fundaron este pueblo junto al puerto y lo bautizaron Georgetown, en honor al rey Jorge III. No fue un asentamiento espontáneo, sino una población de cuartel: el trazado se organizó en cuadrícula alrededor de una amplia plaza de armas, s’Esplanada, rodeada de edificios militares.
Cuando España recuperó la isla en 1782, el pueblo se rebautizó Real Villa de San Carlos —después conocida como Villacarlos, por Carlos III—. Conviene saberlo porque ese nombre aparece todavía en mapas antiguos y conversaciones de mayores, pero hoy el municipio se llama oficialmente Es Castell. Villacarlos es un nombre histórico, no el actual.
Lo que sí pervive es la huella británica en la piedra: las calles rectas, las fachadas pintadas, las ventanas de guillotina que suben y bajan en lugar de abrirse, y un ayuntamiento de inspiración inglesa. Pasear el casco es leer, sin darse cuenta, un capítulo de geopolítica del siglo XVIII.
Cales Fonts: del muelle de pescadores a la mejor terraza
Si Es Castell tiene un corazón, está abajo, en el agua. Cales Fonts fue durante generaciones el muelle de los pescadores del pueblo: una cala pequeña y resguardada donde se guardaban las barcas y se almacenaban los aparejos en cuevas excavadas a mano en la roca. Hoy esas mismas cuevas-almacén son restaurantes, bares y terrazas, y la cala se ha convertido en uno de los planes de atardecer más queridos de la isla.
La estampa es difícil de mejorar: barcas meciéndose, las casas escalonadas sobre el acantilado, las luces encendiéndose en las cuevas a medida que cae la tarde. No es un sitio para correr; es un sitio para sentarse, pedir algo bien hecho y dejar que la luz haga el trabajo. Como en todo el este de la isla, conviene confirmar horarios y reservar en temporada alta, porque las mesas con vistas al agua vuelan en cuanto baja el sol.
Dos fortalezas distintas: Fort Marlborough y el Castillo de San Felipe
Aquí conviene no confundirse, porque la zona guarda dos fortalezas diferentes, ambas levantadas para lo mismo: defender la valiosísima bocana del puerto de Maó.
La primera es el Fort Marlborough, en la vecina Cala de Sant Esteve. Es una fortaleza británica construida entre 1720 y 1726, parcialmente excavada en la roca, pensada para batir a quien intentara entrar al puerto. Hoy está museizada y se puede visitar; su recorrido subterráneo, con galerías y fosos, es de los más singulares de Menorca. (Conviene confirmar horarios de apertura antes de ir, que varían por temporada.)
La segunda es el Castillo de San Felipe, una fortaleza muy anterior, del siglo XVI, situada también en la entrada del puerto. Fue clave en la historia militar de la isla y conserva un entramado de túneles subterráneos visitable en determinadas franjas. Son, insistimos, dos construcciones distintas: el Fort Marlborough es británico y del siglo XVIII; el Castillo de San Felipe es del XVI. Quien las confunde se pierde media historia.
En el propio pueblo, en s’Esplanada, el antiguo cuartel alberga hoy el Museu Militar de Menorca, que ayuda a ordenar todo este pasado de asedios, banderas cambiantes y fortificaciones.
El primer amanecer de España (y por qué da igual si es exacto)
Es Castell es el municipio más oriental de España, y de ahí nace su título más repetido: el primer lugar del país donde sale el sol. Es una afirmación oficial y aceptada, aunque, como suele pasar con estas cosas, el punto exacto del primer rayo varía según la estación del año. No hace falta tomárselo con solemnidad de récord: lo bonito es lo que hay detrás. Un pueblo orientado al este, de espaldas al resto de la península, que cada mañana recibe la luz antes que nadie.
Si madrugas, el premio es real. La salida del sol sobre la bocana del puerto, con el agua todavía quieta y las cuevas de Cales Fonts en silencio, es uno de esos momentos que justifican poner el despertador en vacaciones.
Qué hay cerca: Maó y el espíritu del puerto
Es Castell no se entiende sin su vecino. Apenas a un paso queda Maó y su puerto, una de las dársenas naturales más largas y profundas del Mediterráneo, alrededor de la cual gira toda esta esquina de la isla. Lo que Es Castell vigilaba desde sus fortalezas era precisamente la entrada a ese puerto, así que recorrer ambos en un mismo día es seguir el hilo lógico de la historia.
Y donde hay puerto británico, hay ginebra. La presencia inglesa en Menorca dejó como herencia destilada el gin de Menorca, que se sigue elaborando junto a este mismo puerto. Cerrar la tarde con un pomada —gin con limonada— frente al agua de Cales Fonts no es un cliché turístico: es, literalmente, beberse la historia del lugar.
¿Cuándo ir y cómo moverse?
Es Castell funciona todo el año, y esa es una de sus virtudes: al estar pegado a Maó, no se apaga del todo en invierno como otros pueblos costeros. El mejor momento del día es, sin discusión, el atardecer en Cales Fonts, cuando se encienden las terrazas. En verano la cala se llena, así que para disfrutarla con calma conviene llegar pronto o reservar. Se accede fácil desde Maó, pero el aparcamiento en el casco antiguo y junto al puerto se complica en temporada alta.
Nuestro criterio
Es Castell se disfruta en dos tiempos. Primero, arriba: pasea s’Esplanada y las calles rectas, fíjate en las fachadas de colores y las ventanas de guillotina, y, si te interesa la historia, reserva una visita al Fort Marlborough o al Castillo de San Felipe —recordando que son dos sitios distintos—. Después, abajo: baja a Cales Fonts a media tarde, busca una terraza en las antiguas cuevas y quédate hasta que la luz se apague sobre el agua.
Es lujo tranquilo de un tipo poco habitual: no el de la cala virgen, sino el de un pueblo con memoria, ordenado y luminoso, que aprendió a vivir de cara al mar y al amanecer. Nada que tachar a la carrera; mucho que mirar despacio.