Formentera tiene en verano una población que multiplica varias veces la de invierno. Eso no es una estadística: es lo que se ve al bajar del barco en enero.

Lo que cierra

Casi todo lo de la costa. Los chiringuitos de las playas, la mayoría de los alojamientos y buena parte de los restaurantes echan el cierre entre finales de octubre y abril. Es Pujols, el núcleo más turístico, se queda prácticamente vacío.

Lo que no

Sant Francesc y Sant Ferran. Ahí están la administración, las tiendas, el mercado y los restaurantes que trabajan con la isla y no con la temporada. También sigue el barco a Ibiza: con menos frecuencia, pero sigue.

Lo que se gana

Los caminos verdes sin nadie. Ses Illetes en enero, que es otra playa distinta de la de agosto. El Cap de Barbaria con el viento de tramontana dándole a la piedra. Y la sensación —rara y buena— de estar en un sitio que no está actuando para nadie.

Las fiestas de invierno son las de verdad: la Virgen del Pilar el 12 de octubre y Sant Francesc Xavier el 3 de diciembre se hacen entre vecinos.

Lo que hay que asumir

El viento. Formentera es llana y está expuesta, y en invierno sopla de verdad. Los días son cortos, el agua está fría y habrá días en que el mar corte las conexiones con Ibiza — hay que contar con ello si tiene un vuelo al día siguiente.

Para quién es

Para quien quiera ver la isla sin el decorado del verano. Para quien escriba, lea o trabaje a distancia y busque un sitio donde no pase nada. Y para quien haya estado en agosto y se haya preguntado cómo será esto el resto del año. Esto es: viento, luz, caminos vacíos y unas cuantas personas que se conocen todas.