La capital de Formentera es un pueblo pequeño con una plaza, y esa es toda la grandilocuencia que tiene. La mayoría de los visitantes la cruzan de camino a la playa. Es un error barato de corregir.

La iglesia

Lo primero que llama la atención es que la iglesia parece un fortín, y es que lo fue: muros gruesos, pocas ventanas, aspecto de refugio más que de templo. No es un capricho estético. Formentera estuvo despoblada durante siglos por las incursiones de piratas, y cuando se repobló, los edificios se hicieron pensando en eso. La iglesia era el sitio donde encerrarse.

Entender esto cambia cómo se ve el resto de la isla: la arquitectura tradicional de Formentera —la casa payesa, blanca y maciza, con aberturas mínimas— responde a la misma lógica de refugio, no a un estilo decorativo.

El pueblo, hoy

Sant Francesc es donde está la administración, el mercado, las tiendas que abren en invierno y buena parte de los restaurantes que trabajan todo el año. Es, sencillamente, donde vive la isla cuando no hay temporada.

En verano acoge también el mercado artesanal y es el epicentro de las fiestas: el 25 de julio, día de Sant Jaume, es la Diada de Formentera y todo pasa aquí.

Qué hacer, realmente

Poca cosa y sin prisa: la plaza, la iglesia, un café, el mercado si toca. Media mañana basta. Lo que se lleva uno no es una lista de monumentos, sino la medida real de la isla — que es lo que cuesta ver cuando se llega directo a la playa.

Cuándo

Cualquier día del año. Es de los pocos sitios de Formentera que no cierra en invierno, y en enero, con la plaza vacía, se entiende mejor que en agosto.