Valldemossa vende a Chopin en postales, imanes y bombonerías. La escena que sugieren todas es la misma: el genio delicado componiendo frente a un paisaje sublime, en una especie de retiro luminoso.

No fue así. Fue bastante peor, y por eso es mucho más interesante.

La respuesta corta

No. Chopin no fue feliz en Mallorca. Llegó enfermo, empeoró, pasó frío, se quejó del tiempo y de la comida, y se marchó antes de lo previsto. El viaje fue, en sus propios términos, un fracaso.

Y aun así, de esos tres meses salió una de las obras cumbre del piano.

Qué pasó de verdad

Chopin y George Sand —la escritora Aurore Dupin, que firmaba con nombre de hombre— llegaron a Mallorca en noviembre de 1838 con los dos hijos de ella. Buscaban un invierno suave para los pulmones de Chopin, enfermo de tuberculosis. Sobre el papel, el plan era sensato.

El cálculo salió justo al revés. Aquel invierno fue inusualmente lluvioso y húmedo, y la cartuja de Valldemossa —un antiguo monasterio de piedra, en alto, sin nada parecido a una calefacción— resultó ser uno de los peores sitios posibles para un enfermo del pecho. Chopin empeoró. A las pocas semanas ya se quejaba del clima y de la comida.

Tampoco ayudó el recibimiento. Una pareja no casada, ella vestida de hombre y fumando, él tuberculoso en una época en que la tuberculosis se temía como una peste: el pueblo los miró con desconfianza y distancia. George Sand se lo devolvió con creces años después, en «Un invierno en Mallorca» (1842), un libro que elogia el paisaje de la isla y despacha a sus habitantes con un desprecio que en Mallorca no se ha olvidado del todo.

Se marcharon en febrero de 1839. Habían pasado poco más de tres meses.

Lo que quedó

Aquí está el motivo por el que esta historia merece contarse. En esas semanas de humedad, fiebre y piano alquilado —el suyo, un Pleyel, tardó en llegar por la aduana—, Chopin terminó los Preludios Op. 28.

Son veinticuatro piezas, una por cada tonalidad, algunas de menos de un minuto. Están entre lo más tocado y más grabado del repertorio de piano de todos los tiempos. Trabajó además en la Balada n.º 2, el Scherzo n.º 3 y una de las Polonesas Op. 40.

No se trata de romantizar la enfermedad: no compuso gracias al invierno mallorquín, sino a pesar de él. Pero el dato queda, y es contundente: el viaje que salió mal produjo lo que nadie recuerda como un fracaso.

Qué ver hoy, sin la postal

La cartuja de Valldemossa conserva y muestra las celdas asociadas a su estancia, y es de los sitios más visitados de la Serra. Merece la pena ir, pero conviene ir sabiendo lo que se va a ver: no el estudio idílico de un genio, sino las habitaciones donde un hombre muy enfermo pasó un invierno malo y escribió música extraordinaria.

Vaya, si puede, fuera de temporada. Entre otras cosas porque así se entiende: con la Serra mojada y el pueblo en silencio, la historia deja de sonar a folleto.

Ficha de Valldemossa, con cómo llegar · Cómo moverse por la Serra de Tramuntana

Nuestro criterio

Nos interesa más esta versión que la de la postal, y no por contrariar. Un sitio se respeta más cuando se cuenta entero: Valldemossa no necesita que Chopin fuera feliz allí. Le basta con haber sido el lugar donde, en tres meses malos, se terminó de escribir algo que se sigue tocando casi dos siglos después.

Fechas, obras y circunstancias del viaje comprobadas el 21 de septiembre de 2026. «Un invierno en Mallorca», de George Sand, se publicó en 1842 y sigue editándose.