La Serra de Tramuntana se recorre de punta a punta en poco más de dos horas de carretera. El error es hacerlo así. Son noventa kilómetros de curvas entre el mar y la montaña, y la diferencia entre un buen día y un mal día no está en cuántos sitios se ven, sino a qué hora se llega a cada uno.

Primera hora: los pueblos, antes que los autocares

Empieza por Valldemossa. A las nueve de la mañana es un pueblo de piedra dorada con las calles para ti; a mediodía es otra cosa. El casco antiguo es zona de circulación restringida, así que deja el coche a la entrada y sube andando: se recorre en veinte minutos y no hay prisa que valga.

Sigue hacia Deià, doce kilómetros de carretera colgada sobre el mar. El pueblo se ve entero desde la curva de entrada, escalonado contra el Teix. Si quieres bajar a su cala, mira antes cómo está el aparcamiento: el ayuntamiento regula el acceso a la zona y en temporada se cierra.

Media mañana: el valle de Sóller

Sóller es el respiro del día: un valle de naranjos cerrado por montañas, con plaza, café y sombra. Desde ahí, el tranvía de 1913 baja al Port de Sóller en veinte minutos, y es transporte público de verdad, no una atracción. Si has venido en coche, déjalo y móntate: se ve el valle de otra manera.

A cinco kilómetros, Fornalutx no tiene una sola calle llana. Se sube por escaleras de piedra entre casas con la teja pintada. Veinte minutos, y se recuerda años.

Tarde: la carretera que todo el mundo cuenta

De Sóller al Santuari de Lluc hay una hora larga por el interior de la montaña, con el Puig Major siempre a la vista. Lluc es un valle alto de encinas, y a media tarde está tranquilo.

Y de ahí, la bajada a Sa Calobra: catorce kilómetros de curvas, novecientos metros de desnivel y una lazada de 360 grados. Si la idea de conducirla no te apetece, hay una alternativa mejor: el barco desde el Port de Sóller, que además te ahorra el aparcamiento, regulado y con control de matrícula.

Una recomendación contra corriente: si el día viene lleno, cambia Sa Calobra por Cala Tuent, en el mismo desvío. Ciento ochenta metros de playa sin edificar y la montaña encima. Es lo que Sa Calobra era antes de ser famosa.