Hay productos que explican una isla mejor que cualquier monumento. En Menorca, uno de ellos es rojo intenso, vive a cientos de metros de profundidad y desembarca cada tarde en el puerto que le presta el nombre: la gamba roja de Ciutadella. No es solo un manjar; es una lección de cómo funciona el lujo cuando es de verdad: escaso, regulado, estacional y con la trazabilidad de un pueblo donde todos saben de qué barca baja cada caja.

Este artículo la cuenta con datos —la especie, la pesca, los cupos publicados en el BOE, la voz del sector— y con una advertencia honesta: aquí no encontrarás el precio por kilo, porque cambia cada día en la subasta y cualquier cifra escrita hoy sería mentira mañana.

Lo esencial

  • La especie es Aristeus antennatus, la gamba roja del Mediterráneo, pescada por la flota de arrastre menorquina en aguas profundas del talud de la isla —en torno a los 300 a 800 metros, según describe el científico pesquero Pere Oliver—.
  • Lleva el nombre de la ciudad: se la conoce como gamba roja (o “gamba vermella”) de Ciutadella, y se compara con la de Sóller entre las más apreciadas del Mediterráneo español.
  • Es una pesquería con cupo. La Unión Europea acordó en diciembre de 2024 reducir las cuotas de captura de gamba roja dentro del plan plurianual del Mediterráneo; desde entonces, los topes se miden en kilos y en días de pesca.
  • En agosto de 2025, el BOE amplió en 2.000 kilos el tope de las barcas menorquinas —en torno a 1.100 kilos para Ciutadella y 700 para Maó—, dentro de un reparto de 45,9 toneladas más para 286 arrastreros del Mediterráneo español.
  • Dónde comerla: en las casas marineras de los puertos de Ciutadella y Maó que trabajan la lonja local —a la plancha, en crudo o en arroz—; para llevártela, en Sa Llotja o a pie de barca en verano.

¿Qué hace distinta a la gamba roja de Ciutadella?

Empecemos por el animal. La gamba roja del Mediterráneo —Aristeus antennatus— no es la gamba blanca de las cartas de menú del día: es un crustáceo de aguas profundas, de un rojo encendido y una cabeza que concentra todo el sabor del mar oscuro donde vive. En Menorca se captura en el talud —el escalón donde la plataforma de la isla cae hacia el fondo del Mediterráneo—, en profundidades que el científico pesquero Pere Oliver sitúa entre los 300 y los 800 metros.

La flota que la trae es deliberadamente pequeña: unas pocas barcas de arrastre con base en los puertos de Ciutadella y Maó. Esa escala doméstica es la razón de que la gamba lleve el nombre de la ciudad de poniente —donde desembarca la mayor parte— y de que su fama se construya por comparación con la otra gamba mítica de Baleares, la de Sóller. La diferencia con otros lujos gastronómicos es que este no se puede escalar: no hay más barcas, no hay más días, no hay más kilos.

¿Por qué se cuenta en kilos y en días?

Porque Europa así lo decidió. En diciembre de 2024, la Unión Europea acordó reducir las cuotas de captura de la gamba roja dentro del plan plurianual para el Mediterráneo occidental, el marco que intenta que las pesquerías profundas sigan existiendo dentro de veinte años. Aquel mismo diciembre se vivió un episodio revelador: el Ministerio llegó a prohibir la pesca de gamba en plenas fechas navideñas —el momento de mayor demanda del año— y rectificó a los pocos días ante las críticas del sector.

El último capítulo llegó en verano: el 2 de agosto de 2025, el BOE publicó una ampliación de 2.000 kilos en el tope de captura de las barcas menorquinas —en torno a 1.100 kilos para las de Ciutadella y 700 para las de Maó—, dentro de un reparto de 45,9 toneladas adicionales para 286 arrastreros del Mediterráneo español: 35,9 toneladas obtenidas por intercambio de posibilidades de pesca con Francia y 10 procedentes de una reserva.

El sector, con todo, no lanzó cohetes. El patrón mayor de la cofradía de Ciutadella, Xavier Marquès, resumió el malestar en la prensa local: los nuevos topes llegan «en kilos y en días» a la vez, una doble contabilidad que los pescadores consideran difícil de cuadrar, y cuestionó que el criterio sea puramente «biológico y científico» cuando las toneladas pueden intercambiarse entre países. Es la tensión de fondo de este producto: entre la ciencia que pide prudencia y un oficio que vive de salir a pescar.

¿Y el precio? La respuesta honesta

Es la pregunta inevitable, y la respuesta seria es que no hay una cifra publicable: el precio se fija cada día en subasta y oscila con el calibre, la época y la demanda. Cualquier número impreso envejece en una semana.

Lo que sí es citable es la perspectiva del oficio. Cuando en 2024 se habló de precios desorbitados, los propios pescadores menorquines relativizaron el alza con memoria larga: «recuerdo verlas a 10.000 pesetas el kilo», declaraba uno de ellos a la prensa local. Traducido: la gamba roja siempre fue cara, porque siempre fue escasa y difícil. Históricamente fue plato “de invitados”, el que se reservaba para las grandes ocasiones. Eso no ha cambiado; solo ha cambiado la moneda.

Plato de alta cocina con marisco emplatado con precisión en un restaurante de Menorca.
En las mejores casas de la isla, la gamba roja se trata con lo mínimo: plancha, sal y respeto. · Foto: Adobe Stock

Dónde comprarla y dónde comerla

Para llevártela a casa, el camino corto es Sa Llotja, que vende el pescado y el marisco de las barcas de la isla; en verano hay también venta a pie de barca, con sus colas al atardecer como pequeño ritual local.

Para comerla hecha, busca las casas marineras y de mercado de los dos puertos que la desembarcan —Ciutadella y Maó—, las que trabajan directamente la lonja local. Es en esas mesas, a pocos metros del agua, donde la gamba roja se entiende mejor: pídela y pregunta sin vergüenza de qué barca llegó.

En la cocina menorquina tradicional, la gamba roja se ha comido de cuatro maneras: en caldera (parienta cercana de la caldereta de langosta de Fornells), en arroz, a la plancha y frita con ajo. Las cuatro comparten una regla: cuanto menos se le hace, más devuelve.

Nuestro criterio

La gamba roja de Ciutadella es el argumento perfecto contra el lujo de volumen. No hay manera de producir más: hay un talud, unas pocas barcas, un cupo en kilos y días, y una lonja a la que se puede ir andando. Quien la prueba en el puerto, a unos metros de donde desembarcó, entiende que la exclusividad no necesita escenografía.

Nuestra sugerencia: resérvala para una ocasión, pídela donde trabajen la lonja local y pregunta sin vergüenza de qué barca llegó —en Menorca, esa pregunta tiene respuesta—. Y si el precio del día te parece alto, recuerda lo que cuentan los pescadores: nunca fue barata. Ese es, exactamente, el punto.

Un lujo que se cuenta en kilos y en días no se puede fabricar ni escalar: solo se puede respetar. La gamba roja de Ciutadella es eso.