Hay islas a las que se llega por gusto y otras a las que se llega por castigo. Miguel de Unamuno llegó a Fuerteventura por castigo, en 1924, y se fue de ella convertido en uno de sus mejores lectores. Pocas veces un destierro ha dejado una huella tan honda en la manera de mirar un lugar.

Por qué Fuerteventura

En febrero de 1924, el Directorio militar de Primo de Rivera decretó el confinamiento de Unamuno en Fuerteventura. El catedrático y rector de Salamanca, la voz más incómoda de la España de entonces, había criticado con dureza al dictador y al rey Alfonso XIII. La elección de la isla no era inocente: lejana, árida, poco poblada, con malas comunicaciones. Un lugar donde, se suponía, su voz no llegaría a ninguna parte.

Unamuno desembarcó a finales del invierno de 1924 en Puerto de Cabras, la actual Puerto del Rosario, que entonces era poco más que un puñado de casas frente al mar.

Lo que vio

Lo esperable habría sido el lamento. Lo que dejó escrito fue otra cosa. En la desnudez de Fuerteventura —sus llanos pelados, sus montañas sin árboles, su luz sin filtros— Unamuno encontró algo parecido a una revelación, y llegó a describir la isla como un oasis: no de agua ni de sombra, sino de silencio y verdad frente al ruido del mundo.

Caminó, observó, conversó con la gente de la isla y escribió. De esos meses salieron muchos de los sonetos reunidos después en De Fuerteventura a París, un libro que dedicó a su amigo majorero Ramón Castañeyra, uno de los vecinos que más lo acompañaron durante el destierro.

Esa mirada es, en buena parte, la que todavía hoy da sentido a viajar a Fuerteventura: la de una isla que no se adorna y que precisamente por eso conmueve.

La salida

En julio de 1924 el régimen le concedió el indulto. Unamuno no lo aceptó como un final feliz: salió de la isla ese mes y, con ayuda desde Francia, terminó en París, donde empezó un exilio voluntario que lo llevaría después a Hendaya, en la frontera, y que se prolongó hasta la caída de la dictadura. Sobre la fecha exacta de su llegada y su partida, las fuentes no coinciden del todo; el arco, en cualquier caso, es de unos cuatro meses en la isla.

La Casa Museo, en Puerto del Rosario

Durante su destierro, Unamuno se alojó en el antiguo Hotel Fuerteventura, una pensión modesta junto a la iglesia de Nuestra Señora del Rosario. Desde 1995 ese edificio es la Casa Museo Miguel de Unamuno. Recrea las estancias en las que vivió y reúne recuerdos de su paso por la isla. Es pequeña y se recorre sin prisa en poco tiempo, que es exactamente como hay que verla.

Horarios y condiciones de entrada de la Casa Museo: consúltalos antes de ir. Datos de octubre de 2026.

Siguiendo sus pasos

Si quieres ir más allá del museo, hay un lugar que lo resume todo. En la montaña Quemada, en el norte, un monumento recuerda a Unamuno frente al paisaje que amó. Está muy cerca de Tindaya, la montaña sagrada de los majos, y la combinación de ambas al atardecer es una de las maneras más serenas de entender la isla. Y para completar el relato histórico, sube al interior, a Betancuria, la capital escondida que precedió a todo.

Nuestro criterio

Unamuno llegó a Fuerteventura obligado y se fue enamorado de lo que otros consideraban un páramo. Leerlo antes de viajar —o durante, sentado frente a un llano vacío— cambia el viaje. No hace falta compartir su fe ni su tormento: basta con dejar que su mirada te enseñe a ver una isla sin adornos como lo que es, un lugar de una belleza que no se esfuerza.