Hay dos Ibizas, y la que sale en las fotos dura cuatro meses. La otra, la que va de noviembre a abril, es la que explica cómo es esto de verdad.

Lo que cambia

La isla se vacía. Buena parte del alojamiento y de la restauración de costa cierra. Sant Antoni y las zonas más turísticas se quedan en silencio, con los locales con las persianas bajadas hasta mayo.

El centro sigue. La ciudad de Ibiza, Santa Eulària y los pueblos del interior no cierran: ahí vive gente todo el año, y los comercios, los mercados y los restaurantes de siempre siguen su ritmo.

Se puede aparcar. Parece una tontería y no lo es: en invierno se llega en coche a cualquier cala y hay sitio. La limitación de vehículos, que va del 1 de junio al 30 de septiembre, no se aplica.

Lo que se gana

Las calas de poniente sin nadie. Dalt Vila a media mañana, sin cola. Los caminos del norte, que en agosto son un atasco, andando o en bicicleta. Y las fiestas de verdad: Sant Antoni Abat el 17 de enero y Santa Eulària el 12 de febrero se hacen entre vecinos, que es cuando se ven de verdad.

Lo que hay que asumir

No es temporada de playa. El agua está fría y los días son cortos. Habrá restaurantes cerrados y menos conexiones de barco y de avión. Si viene buscando la Ibiza del verano en enero, no la va a encontrar — y ese es justamente el motivo para venir.

Para quién es

Para quien quiera entender la isla, para quien trabaje a distancia y busque un invierno con luz, y para quien ya la conozca en agosto y sospeche que se ha perdido algo. Se ha perdido esto.